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Cuando cien millones no son nada

OPINIÓN

Joao Felix sigue brillando en el Benfica | AFP

Esto es una locura. Cien millones ya no son nada. El mercado de fichajes se ha disparado de tal modo que un futbolista vale más que un estadio, con todos los terrenos adyacentes que ustedes quieran y el correspondiente pelotazo inmobiliario que se puedan imaginar. Lo de la venta del Vicente Calderón y el fichaje de Joao Félix es sangrante.

El patrimonio de toda la vida del club rojiblanco le reportará al Atlético ciento ochenta millones de euros, mientras que un chaval de diecinueve años que todavía no ha empatado con nadie, le costará ciento veinte. El 66% del patrimonio histórico del club se va en una apuesta a cara o cruz. Cierto que ya tiene otro patrimonio y que estos mismos ciento veinte millones los ingresarán por Griezmann, pero estamos en lo mismo: un crack consolidado vale lo mismo que un niño que parece que la toca bien. No puede ser, esto no va a acabar bien. 

 

UNA BURBUJA PELIGROSA

Tenemos que hablar de Neymar. El PSG quiere los mismos 222 millones que pagó al Barça hace dos años, cuando tampoco los valía, porque ningún futbolista puede valer esta desproporcionada cantidad con la que se podría paliar el sufrimiento de muchos pueblos que desgraciadamente pasan hambre en el mundo.

Ahora el brasileño se ha devaluado, pero da lo mismo, el fútbol es una burbuja que el día que explote causará un seísmo mundial. Miren, si Hazard, que no es campeón del mundo, ni de Europa ni de la Premier, ni Balón de Oro, ni Bota de Oro, ni máximo goleador en Inglaterra vale 100 millones más 30 en variables, o sea, 130 millones, que no les engañen, pues a lo mejor Griezmann y Neymar ya no son tan caros. O si por un suplente como Llorente pagan 40 millones, pues lo mismo. O si el Barça y el Valencia tasan en 35 millones a sus porteros suplentes... pues eso, que estamos todos locos. ¡Ah!, ¿que esto tiene truco?, ¿que decimos que los valen, lo apuntamos en un papelito pero no los pagamos? Entramos en otra fase, trueques a la carta. Uff, ¡qué peligro!